Sin sentidos no se puede vivir.

A veces, me gustaría vivir sin sentidos. Sobre todo, cuando son un montón de sinsentidos los que nos rodean o invaden o colapsan la realidad.

Veo que un periódico destaca la noticia “Un estudio revela la postura más peligrosa para hacer el amor”, me llega a mi email la promoción de un curso “Hazte domador de cocodrilos”, me manda un email mi banco con el asunto “¿Y si los ovnis invadieran tu hogar?”, o.O mmmm ¿de verdad? ¿esto va en serio? Ya sé: No. No va en serio, son puros reclamos publicitarios, marketing. Ya.

Pero siguen siendo sinsentidos. Cuestiones absurdas sobre las que no deseo perder el tiempo en investigar, ni tan siquiera en dilucidar o matar el tiempo. Mi tiempo lo quiero vivo. Al menos porque uno de los dos debe estar en pie para resistir el temporal que nos embiste.

Hay estudios ahora que se centran en cómo puede llegar a estimularse o inutilizar una parte del cerebro para no sentir dolor. Pero también hay casos de insensibilidad al dolor, analgesia, personalidades psicopáticas, etc. que hacen más difícil el día a día de quien lo padece porque no sentir tampoco es la solución ni está exento de peligros.

Tanto sentir en exceso como por defecto no nos ayuda, el equilibrio, siempre es el equilibrio, el punto más adecuado. Pero ¡cuántas veces me he descubierto yo llorando, abrazando mis piernas y mi alma, rogando que por favor desaparezca el dolor que siento porque falta alguien a quien añoro! ¡cuántas veces un cliente me ha mirado a los ojos y me ha pedido que le diga cuál es el truco para conseguir que cese de una vez el dolor por saber que nunca podrá tener la experiencia de ser madre! ¡cuántas veces he oído que sueñas con no volver a caer en las mismas relaciones tóxicas que te ahogan! ¡cuántas! ¿Y cuántas más? Las que sean necesarias. ¿Para qué? Para que vivas, para que vivamos y no pasemos por esta vida como el péndulo estático e inerte de un reloj, para que no seamos la hoja seca e inerte que flota en el aguas mansas, como apuntaba Carl Rogers “me doy cuenta que si fuera estable, prudente y estático viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante”. Ya, yo pienso lo mismo, pero tener que aguantar las gilipolleces de otros o de ovnis o de lo que sea, tampoco. ¿Es tanto pedir un poco de honestidad y congruencia? Parece que sí. Pero yo soy cabezota y sigo empeñada, no vale todo, no dedico mi tiempo a cualquiera ni de cualquier forma y no siempre que escojo y soy selectiva, no, no siempre acierto, pero al menos me equivoco yo.

Pero no todo es amargo que parece que me encanta centrarme en la mierda, quizás es defecto profesional o personal, o un poco de ambos, pero generalmente es el que más se comparte o el que más se escucha cuando se comparte. Hay personas que ni siquiera se plantean cuestiones que tengan que ver con sentir. Te invito a que hagas la prueba. No hace falta que te vayas muy lejos, pregunta a tu hermano, a una amiga, a tu pareja o a alguien con quien te encuentres conversando. Pregúntale: así, en general, ¿qué te hace sentir triste?; o ¿de la gente que conoces quién te cae peor? Yo he hecho la prueba. Le he preguntado a mi pareja. A la primera pregunta a respondido, “no lo sé, qué más da cuando esté triste ya veré porqué lo estoy” y lo ha dicho no sin mirarme de soslayo y con cara de sospecha como pensando “Y ahora ¿qué bicho le ha picado a ésta? Mira que le encanta rebuscar en vez de simplemente estar” y no anda falto de razón. A la segunda pregunta me ha contestado “Nadie, no sé porqué va a tener que caerme mal nadie”. Y es que nos cuesta aceptar y rechazar. No es que no lo sintamos es que no le prestamos atención porque hace más fácil el simplemente fluir. A veces envidio a los “sencillos emocionales” esas personas que han aprendido a vivir sin darle tantas vueltas a las cosas del vivir. Pero otras veces no les envidio, porque reflexionando sobre cómo pululan lo hacen anestesiados o ignorantes de lo que sienten y cuando las emociones se despiertan (porque siempre lo hacen) les generan más malestar porque no saben leerlas. Ya está. No le voy a dar más vueltas, al menos por hoy.

La próxima vez que sientas dolor, siéntete afortunada de poder sentir y escuchar lo que tu cuerpo te está diciendo. Es un recordatorio, pero también me lo digo a mí: me siento afortunada cada vez que me duele algo porque me muestra que sigo viva.

Yo digo sí al dolor que implica vivir, y ¿tú? ¿Aceptas tu dolor o prefieres el riesgo de vivir anestesiado?

Autora: Mer Manzano.