Hoy al despertar me he descubierto pensando en los valores, en cómo han ido evolucionando, cómo varían de unas regiones a otras y cómo nos influyen en nuestra forma de relacionarnos y comunicarnos. Y ¿por qué me he levantado pensando en esto? Lo ha provocado un “Venga va, déjate llevar a ver qué pasa” cuando segundos antes había sentenciado con un NO! ¿De verdad van evolucionando los valores?

No quiero ahora algo así, vamos, no lo quiero ni ahora ni luego. Ya sé que va a pasar si me dejo llevar, no sé en qué berenjenal me puedo meter si encima ocurre que me deje llevar también por los sentimientos, pero sé que en tu mente primitiva estaba simplemente que sólo te importa este momento, esta noche, mañana ya se te habrá olvidado. Ya no quiero algo así, ya no me vale.

No sé si a ti también te ha ocurrido que cuando decides cambiar algo en tu vida y decides cómo quieres proceder en algún determinado tema parecen que los astros se alían en tu contra para conspirar, para ponernos a prueba a ver cuán de firme es esa decisión.

Me recuerda a la compañía de teléfono a la que pregunté si en mi nueva casa tendría cobertura y dijo “Sí, si problemas. Firma aquí y dame el número de cuenta para domiciliar las facturas”. Al mes y medio, en plena mudanza, me vi tratando de deshacer un contrato por mala información comercial. Al menos a la compañía de teléfonos le puedo reclamar, pero a ti… ¿a ti que te voy a reclamar? ¿que revises tus valores? ¿que pongas en orden tus principios? Sospecho que dará igual que haga tan llamada al orden. Si no sale de ti y por ti, no será una revisión auténtica. No valdrá para nada.

Cuando pienso en la época clásica, en los siglos anteriores al año cero, en cómo vivían los hombres y mujeres de aquella sociedad sin tantos elementos que son básicos en nuestra sociedad moderna actual, pienso en que vivían aún de forma más básica que en los lugares más pobres de nuestro mundo moderno actual, sin electricidad, sin agua potable, sin cañerías, sin… me viene a la mente la imagen de uno de esos poblados de África que vemos de vez en cuando en la televisión cuando hablan de epidemias o de pobreza… y en ese entorno humilde, porque aún no se habían inventado la mayor parte de los elementos que conforman nuestro mundo tal y como lo conocemos hoy en los países industrializados, allá en el año 551 a.C. nació, en China, Confucio, procedente de una familia noble arruinada, vamos que podríamos imaginarlo como hijo de cualquiera de las familias que hoy, en nuestra España se han visto afectadas por la crisis y han pasado de ser familias de clase media, a familias arruinadas por la crisis. Confucio nunca quiso fundar una religión, admitió ser un hombre como cualquiera. Creía en el cielo como algo misterioso, impersonal que actúa sobre el mundo. creía en los dioses y espíritus de la tierra. Pero lo religioso no fue para él una obsesión. Él deseaba servir al hombre proponiendo la igualdad de todos, buscando la felicidad universal.

Su doctrina se puede resumir en la frase “Lo que no quieras para ti no se lo hagas a los demás” y en sus cinco principios:

1. Relación de justicia entre príncipes y súbditos.

2. Relación de mutuo amor entre padres e hijos.

3. Conjunto de deberes entre el hombre y la mujer.

4. Observancia de las normas de comportamiento, basadas en la edad (ancianos – jóvenes)

5. Relación de lealtad entre los amigos.

La sabiduría de Confucio se ha hecho proverbial en muchas culturas. Actualmente su lectura y veneración son severamente castigados en China.

El confucionismo, doctrina filosófica, cuyo origen proviene de Confucio, se basa en la práctica del bien, la sabiduría empírica y las relaciones sociales. Confucio centró su interés en el hombre, considerándolo la medida de todas las cosas. Para el confucionismo, la máxima aspiración consiste en llegar a ser un hombre noble, es decir, en amar a todos lo hombre y no hacer a los otros lo que no quiera que le hagan a él. El hombre debe lograr su propia realización. Será útil a la sociedad y en la medida en que ésta sea mejor proveerá las circunstancias propicias para un desarrollo humano integral. La moral confuciana adquirida por la educación, parte de la conducta individual del hombre y se amplía hasta lograr la armonía con toda la sociedad. El hombre dentro de ese contexto está visto no como un individuo aislado, sino dentro de una dimensión social.

“Los antiguos que deseaban hacer manifiesto el carácter claro de las gentes del mundo, se ponían a ordenar su vida nacional. Aquellos que deseaban ordenar su vida nacional, se ponían primero a ordenar su vida familiar. Aquellos que deseaban ordenar su vida familiar, se ocupaban primero de su vida personal. Aquellos que desean cultivar su vida personal, se ocupan de poner primero en orden su corazón, procuraban primero la sinceridad de su voluntad. Aquellos que deseaban la sinceridad de su vluntad, se ocupaban de aumentar sus conocimientos. El aumento de los conocimientos depende de la investigación de las cosas. Cuando se investigan las cosas aumenta el conocimiento. Cuando aumenta el conocimiento, entonces la voluntad se vuelve sincera. Cuando la voluntad es sincera, el corazón está en orden. Cuando el corazón está en orden, entonces se cultiva la vida personal. Cuando se cultiva la vida personal, entonces se regula la vida familiar, entonces se ordena la vida nacional y cuando la vida nacional se ordena, entonces hay paz en el mundo”.

Qué difícil es hoy en día, en el siglo XXI, luchar por estos valores tan elementales. En el siglo VI a.C. supongo que no sería más sencillo. Por mucho que creamos que hemos evolucionado seguimos siendo tan ignorantes como al principio de los tiempos y nos empeñamos en desaprender una y otra vez lo que ya aprendieron nuestros antepasados. ¿Para qué nos sirve evolucionar entonces? ¿Sobre qué bases lo hacemos si olvidamos lo más importante, el corazón? Nuestro corazón… Se nos olvida en primer lugar querernos a nosotros mismos. Así, ¿cómo vamos a ser capaces de cuidar, querer, entender, comprender ni aprender nada de la vida?

Cuando la voluntad es sincera, el corazón está en orden… entonces yo me he embarcado en una tarea que he descubierto compleja y no tan intuitiva como esperaba, que es revisar mi voluntad. Para ello primero hay que fijarse en que la voluntad es la facultad de decidir y ordenar la propia conducta.

Decidir y ordenar la propia conducta… No, no es sencillo, pero es algo que trato de hacer todos los días, trato de ser fiel a mis principios, a mis valores, qué quiero y no quiero, me reviso y cuestiono de vez en cuando para ver si sigo estando donde quiero y si estoy en el camino en el que me había propuesto estar.

¿Qué tomo yo para ser feliz? Tomo decisiones. Así ordeno mi conducta y ofrezco la mejor versión de mí misma. No una perfecta, sino una real y cuidada.

Ahora tendré que fijarme en si mi corazón está en orden y según escribo lo sé, habrá que hacer un esfuerzo más.

¿Y tú? ¿Con qué te has descubierto pensando hoy al despertar?